La mañana del regreso a Nueva York comenzó con un regalo sobre el tocador de la suite. Era una caja de terciopelo negro, pequeña y pesada. Mia, aún con el cuerpo adolorido y marcado por la intensidad de la noche anterior, la abrió con dedos temblorosos. Dentro no había joyas, sino una pieza de lencería de encaje negro, minimalista y prohibitiva, que escondía un pequeño dispositivo de silicona del tamaño de una bala, liso y frío al tacto.Liam apareció detrás de ella en el espejo, ya vestido con su traje gris hecho a medida, ajustándose los gemelos de plata con una calma aterradora.—Póntelas, Mia —ordenó él, su voz siendo un susurro de autoridad—. Hoy el viaje será largo y quiero asegurarme de que no olvides ni por un segundo a quién le perteneces, incluso cuando estemos rodeados de gente.—Liam, no puedes hablar en serio... —protestó ella, sintiendo un escalofrío—. Vamos en la camioneta con tus padres y Leo. Es una locura.—No es una locura, es un contrato —replicó él, acercándose y
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