La mañana del regreso a Nueva York comenzó con un regalo sobre el tocador de la suite. Era una caja de terciopelo negro, pequeña y pesada. Mia, aún con el cuerpo adolorido y marcado por la intensidad de la noche anterior, la abrió con dedos temblorosos. Dentro no había joyas, sino una pieza de lencería de encaje negro, minimalista y prohibitiva, que escondía un pequeño dispositivo de silicona del tamaño de una bala, liso y frío al tacto.
Liam apareció detrás de ella en el espejo, ya vestido con