La mansión Miller-Black, que antes vibraba con las carreras de Leo y sus rugidos de dinosaurio, se había convertido en un mausoleo. Había pasado una semana desde aquel fatídico día en la oficina, y el tiempo parecía haberse detenido en un invierno permanente.Mia se había instalado definitivamente en la habitación de Leo. Dormían juntos, ella abrazándolo como si su cuerpo pudiera protegerlo de los fantasmas que ahora habitaban la casa. Liam, por su parte, deambulaba por los pasillos como una sombra. No se atrevía a entrar, no se atrevía a hablar, pero pasaba horas sentado frente a la puerta cerrada de la habitación del niño, escuchando el silencio absoluto que emanaba del interior.En la cocina, Julieta suspiró mientras sacaba una bandeja de galletas de chocolate recién horneadas. El aroma, que antes atraía a Leo en segundos, esta vez no surtió efecto.—Mia, querida, intenta que coma esto —dijo Julieta con los ojos empañados—. No ha probado bocado en todo el día.Mia tomó la bandeja c
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