El salón principal de la mansión, con sus techos altos y su eco aristocrático, se sentía más frío que nunca esa tarde. Mia estaba sentada frente a Julieta, con una taza de té intacta sobre la mesa. En sus manos sostenía el folleto de la Academia St. Jude, la escuela privada más prestigiosa de la ciudad, donde Liam ya había movido los hilos para inscribir a Leo.—Julieta, por favor, trata de entenderme —decía Mia, con la voz cargada de una mezcla de cansancio y firmeza—. Agradezco tu intención y tu cariño, de verdad. Pero Leo es mi hermano. Es mi responsabilidad. No puedo permitir que Liam siga pagando lujos que no podremos mantener cuando este año termine.—Cariño, no es caridad, es familia —respondió Julieta, intentando cubrir la mano de Mia con la suya—. Leo es un niño brillante y merece la mejor educación, especialmente después de lo que ha pasado con su salud.—No es su familia, Julieta. Es su acreedor —replicó Mia con amargura—. Liam no lo hace por amor a Leo. Lo hace por control
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