El sonido monótono del monitor cardíaco marcaba el ritmo de la vigilia de Liam. No se había movido de la silla en toda la noche. Su traje de novio, antes impecable, ahora lucía arrugado, y la corbata colgaba deshecha alrededor de su cuello. Cuando los primeros rayos de sol empezaron a filtrarse por las persianas del hospital, los párpados de Mia temblaron.
Ella abrió los ojos lentamente. Lo primero que vio fue el techo blanco y luego la figura de Liam recortada contra la ventana. El pánico que