La reunión con los inversores de Londres había sido un éxito técnico, pero un desastre emocional para Liam Black. Durante dos horas, mientras los gráficos de barras y las proyecciones de activos llenaban la pantalla, su mente regresaba a la mesa del desayuno: a la risa de Leo, a la mención de los nietos y, sobre todo, al rostro de Mia encendido de vergüenza. Tenía una mancha de dulce en la manga de su traje de dos mil dólares, un recordatorio físico de que su vida ya no era el santuario estéril