La justicia no tenía rostro. Tenía madera de caoba pulida, paredes color marfil y el olor a papel sellado que impregnaba cada rincón de la sala tres del Juzgado Civil. Tenía el peso de las miradas que convergían sobre un estrado donde un hombre de sesenta años, con toga negra y expresión impenetrable, sostenía entre sus manos un documento que podía cambiar el curso de una vida entera.Ximena Salazar respiraba con dificultad. El aire acondicionado zumbaba sobre su cabeza, pero el sudor se acumulaba en la base de su cuello. A su izquierda, Thiago Monteverde permanecía inmóvil, con la mandíbula tensa y los dedos entrelazados sobre la mesa de la defensa. No la había mirado en los últimos veinte minutos.Al otro lado del pasillo central, Miranda Alcántara lucía un traje sastre color perla que reflejaba la luz de los ventanales. Su postura era impecable, casi regia
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