El silencio tenía precio, y Miranda Alcántara conocía la tarifa exacta. Thiago lo supo cuando la matriarca presionó el botón de reproducción del viejo grabador Sony que descansaba sobre la mesa de ébano como una reliquia maldita.
La voz que emergió de los altavoces tenía la textura del terciopelo raído y el acento refinado de quien había nacido con cubiertos de plata en la boca.
—El problema con Monteverde está resuelto. Los frenos fallaron en la curva de Cuernavaca, tal como acordamos. La auto