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La justicia no tenía rostro. Tenía madera de caoba pulida, paredes color marfil y el olor a papel sellado que impregnaba cada rincón de la sala tres del Juzgado Civil. Tenía el peso de las miradas que convergían sobre un estrado donde un hombre de sesenta años, con toga negra y expresión impenetrable, sostenía entre sus manos un documento que podía cambiar el curso de una vida entera.

Ximena Salazar respiraba con dificultad

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