La luz del amanecer en Zúrich entraba por las ventanas del Four Seasons con la delicadeza de una autopsia. Ximena permanecía sentada en el sofá de terciopelo gris, con las piernas recogidas bajo su cuerpo y una taza de café frío olvidada entre sus manos. No había dormido. No podía. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de aquella mujer en la clínica: Victoria Moreau, el fantasma que Leonora había enterrado en vida.Thiago caminaba de un lado a otro del salón, con el teléfono pegado al oído y la mandíbula tensa. Llevaba la misma camisa blanca de ayer, arrugada a la altura de los codos, y el cabello revuelto por haberse pasado las manos demasiadas veces. Hablaba en alemán con alguien, su voz grave modulada en tonos que Ximena no comprendía pero que sonaban a urgencia contenida.Cuando finalmente colgó, se acercó a ella con pasos medidos.
Leer más