El sol empezó a bajar alrededor de las seis.Lo hacía con esa lentitud particular de los atardeceres de Querétaro, que no tienen prisa, que van tiñendo el cielo de naranja y de rosa sin drama, como algo que simplemente sucede porque tiene que suceder. Habían salido al corredor con los libros —Ximena con un manual de conservación de patrimonio arquitectónico que su profesor había recomendado, Thiago con una novela que llevaba semanas leyendo a ratos— y se habían instalado en los sillones de mimbre que alguien, en algún momento de la historia de la hacienda, había colocado exactamente ahí, frente al jardín, como si supieran que ese era el mejor lugar del mundo para no hacer nada urgente.Era el mismo lugar donde Thiago le había dicho la primera verdad verdadera.Ximena lo recordaba con precisión: la luz de esa tarde, el peso de las palabras, la forma en que el mundo había cambiado de forma sin hacer ruido. Ahora el mismo lugar tenía otra temperatura. No había borrado lo que había pasado
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