Capítulo 227: El Abismo de MarfilLa punta de la espada roja, idéntica en tono y fulgor al mapa que recorría el pecho de Astraea, no buscaba su muerte, sino su apertura. Al hundirse en el centro de su esternón, Astraea no sintió el desgarro del metal, sino la invasión de una memoria que no le pertenecía. El ser de la armadura, el guerrero con la máscara de marfil, se mantuvo inmóvil mientras los hilos de sangre roja y esmeralda los conectaban en un puente biológico que hacía temblar los cimientos de la Torre. Valerius, a pocos pasos, observaba con una palidez que rozaba lo espectral; su vara de oro, bajada en una señal de rendición o de reconocimiento sagrado, emitía un zumbido que armonizaba con el latido del feto de oro en su cinturón.La dilatación sensorial en este instante de colisión era una marea de opuestos. Astraea percibía la textura de la armadura del desconocido: el metal era frío, pero emanaba un calor subterráneo, como si estuviera forjado con lava y huesos de dioses ant
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