El aire en el estudio parecía haberse congelado. Tras la partida de Don Octavio, solo quedaba un silencio cercano a la desolación. Samir contemplaba sobre el escritorio aquel testamento que su padre había utilizado como una cadena, y lo encontraba profundamente irónico.Una semana después, Eira apareció frente a él. Llevaba un largo abrigo negro; su figura era recta y delgada, como si un fuerte viento pudiera quebrarla. Se sentó frente a Samir con las manos entrelazadas sobre el regazo, fijando la mirada en un punto inexistente en la pared. Como si hubiera tomado una decisión firme, sacó de su bolso un nuevo acuerdo de divorcio, con un gesto decidido y preciso.—Firma esto —dijo Eira con voz serena, casi tierna.Samir leyó las primeras líneas con una extraña sensación de distanciamiento, como si estuviese leyendo la vida de otra persona. Pero no era la vida de otro: era el final de la suya. Esta vez no había confrontaciones entre abogados, ni cláusulas cuidadosamente diseñadas para des
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