Las luces fluorescentes en el pasillo del hospital deslumbraban hasta el mareo, y el aire estaba impregnado de un persistente e ineludible olor a desinfectante.Cuando Samir despertó de su letargo, las heridas en su espalda desgarraban sus nervios centímetro a centímetro. Giró el cuello con dificultad; a través de una visión borrosa y espectral, su mirada se posó en la figura gélida junto a la cama.Ella vestía una gabardina larga y negra, con una silueta tan delgada y firme como una rama de ciruelo en invierno. No dijo nada, solo permaneció sentada en silencio. Al ver que Samir despertaba, sus dedos se contrajeron por instinto, como si quisiera presionar el botón de llamada, pero finalmente bajó la vista y colocó con suavidad un nuevo acuerdo de divorcio sobre las rodillas de él.Esta vez no hubo duelos de abogados, ni conspiraciones para bloquear acciones, ni las amenazas e intimidaciones que alguna vez fueron el mayor orgullo de Samir.Ella bajó los párpados. Sus ojos, que alguna ve
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