—Porque destruirme a mí es destruirte a ti mismo. Nuestras fortunas están entrelazadas. Nuestros nombres son uno mismo. Cuando el apellido Hadid caiga, tú caerás con él.
—Lo sé. Y estoy dispuesto a pagar ese precio.
Por primera vez, algo parecido a sorpresa genuina cruzó el rostro de Don Octavio.
—No lo harás. No tienes el coraje.
—Tenías razón sobre una cosa. —Samir guardó el teléfono—. He sido débil. Cobarde. Más preocupado por mantener el apellido que por hacer lo correcto. Pero esos niños..