Mariana sentía que el corazón le martilleaba contra las costillas con una fuerza que amenazaba con dejarla sin aire mientras esperaba en la fría sala de la clínica. Sus manos, perfectamente cuidadas, estrujaban el borde de su bolso de diseñador con un nerviosismo que no lograba ocultar, a pesar de las capas de maquillaje y su postura rígida. No era miedo por la salud de la criatura lo que la mantenía en vilo, sino la incertidumbre del resultado de su propia red de mentiras. Sabía que su posició