La noticia del ingreso de Emma al hospital se propagó por el círculo de los Campbell con la rapidez de un incendio. Robert fue el primero en llegar al hospital, escoltado por algunos hombres de confianza que mantenían a raya a los curiosos. Poco después, Angélica, la madre de Emma, y Catalina, su abuela, aparecieron en la sala de espera. Angélica caminaba con una urgencia teatral; aunque sus ojos mostraban preocupación, su mente comenzaba a pensar en los beneficios que podían perder si Emma perdía a ese hijo. Sabía perfectamente que ese bebé era la atadura definitiva de su hija con Benedict. Un hijo de los Campbell significaba seguridad de por vida, y aunque el matrimonio terminara en un divorcio algún día, Emma —y por extensión ella— podría sacar un provecho incalculable de esa unión.—¡Díganme que mi hija está bien! ¡No puedo creer que esto esté pasando justo ahora! —exclamó Angélica, llevándose una mano al pecho mientras buscaba la mirada de Benedict.Catalina, por el contrario,
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