Altagracia entró en la mansión con los brazos repletos de bolsas de diseñador, tarareando una melodía que se cortó en un grito desgarrador en cuanto sus ojos aterrizaron en el pie de la escalera. Todo lo que llevaba cayó al suelo de forma dramática; las cajas de zapatos y las prendas de lujo que había comprado con la tarjeta que Mariana le entregó esa mañana se desparramaron por el mármol, pero ella no les prestó atención. Mariana yacía inconciente con el rostro pálido y un hilo de sangre espes