—¡Maldita sea! —gruñó Noah, lanzando el teléfono contra la pared apenas terminó la llamada.El estallido del aparato no fue suficiente para calmar el pánico que le subía por la garganta. Con un movimiento errático, golpeó la cómoda de madera, rompiendo un frasco de perfume que estalló en muchos pedazos. Un fragmento de vidrio le cortó la base de la palma, y la sangre comenzó a brotar de inmediato, mezclándose con el líquido aromático. No se detuvo a limpiarse; simplemente tomó un pañuelo y apretó el puño, sintiendo el ardor punzante, y salió de la habitación como un animal acosado. Bajó las escaleras casi saltando los escalones, subió a su auto y condujo hacia el hospital con el corazón martilleando fervientemente su caja toracica. Sus manos temblaban sobre el volante, obligándolo a apretar con fuerza para no perder el control. Rogaba, en un susurro desesperado que se perdía en el motor, que Mariana no hubiera recuperado el habla o la memoria, que el impacto contra los escalones hubi
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