El aire en la cabaña era denso, cargado de tensión y miedo. Sasha se paseaba lentamente de un lado a otro, como un león enjaulado, mientras los hombres de la mafia comenzaban a llegar. Uno tras otro, cruzaban la puerta, sus rostros endurecidos y sus ojos oscuros como pozos sin fondo. Algunos saludaban a Sasha con inclinaciones de cabeza, otros con palmadas en la espalda, como si fueran viejos amigos que se reencontraban después de mucho tiempo.Yo permanecía sentada en la silla, inmóvil, con las manos apretadas sobre mi regazo para evitar que temblaran. Mi hijo dormía en la cuna improvisada, ajeno al peligro que nos rodeaba. Mi mente trabajaba a toda velocidad, buscando una salida, una oportunidad para escapar. Pero con cada hombre que entraba y llenaba el pequeño espacio, mi esperanza se desmoronaba un poco más.¿Hasta donde podía llegar sí me levantaba, tomaba a mi hijo y salía corriendo? Probablemente ni siquiera lograría alcanzar la puerta.¿Tendría que esperar un momento de distr
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