Von Bismarck, el canciller que había metido a Maximilian en la política 10 años atrás, tenía una hija. Él había muerto, pero había dejado atrás a una talentosa hija, una violinista experta.Y, al parecer, Maximilian Müller no había sido solo cercano al padre, sino también a la hija. Cuando ella empezó a tocar, despertó algo en él. No deseo, pero sí una nostalgia que ojalá solo yo hubiese notado. Y algo más profundo, más complicado y antiguo. Como sí esa música que producían los dedos de Emmeline fuese una llave, y él fuera una cerradura que llevaba años sin abrirse.En ese instante, entendí su gusto por tocar el violín, y también sospeche de quién había sido su maestra.—El canciller Von Bismarck… tenía una hija —murmuré, mirandola tocar con tal perfección que todos los invitados la observaban con silencio y admiración.Maximilian tragó saliva y parpadeo, como saliendo de un trance. Apretó mis dedos entre los suyos, y su voz me respondió por lo bajo.—Así es. Después del fallecimiento
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