Ahora más que nunca yo no podía traicionarlo. Eso significaban las palabras de Maximilian Müller, mi oportunidad para escapar y no formar parte de ese juego político, había caducado esa noche. Su triunfo había sellado la unión entre ese hombre y yo por los próximos 5 años. No solo éramos esposos, sino complices, y era irreversible. Debería estar asustada de él. Debería detestarlo a muerte. Debería estar planeando su caída. Pero, a cómo me hubiese sentido en el pasado, ahora no me sentía atrapada por ese hombre. Su éxito me alegraba, porque era el éxito de un niño que había vivido en la oscuridad por muchos años, siendo carne de cañón por la mafia, y ahora estaba por encima de todo eso. —Felicidades, Herr Müller —pronuncié, acercando mi rostro al suyo—. Lo felicito, presidente. Terminé con una sonrisa que decía más que mis palabras. La expresión de aquel hombre, intimidante y aplastante, no logró esconder la sorpresa y el desconcierto de ser felicitado por mí, una mujer que él creí
Leer más