No hubo una reacción inmediata. Solo silencio. Un silencio pesado que llenó toda la habitación en un abrir y cerrar de ojos. Fue un silencio tan denso que se sentía al respirar, como sí cada palabra que todavía no decía, ya tuviera un peso de plomo, cayendo sobre nosotros. Luego, con un tono que desconocí, dijo: —¿Estás bromeando? A pesar de ser una pregunta, no sonó como tal. Sonó a acusación, a negación... y rechazo. Me quedé inmóvil un momento, con los ojos fijos en el techo, con el corazón latiendo en mis oídos y con la certeza de que había cometido un error al confesar. Era evidente que la noticia no le había gustado, que saber que sería papá no formaba parte de sus planes. Por un instante, solo un segundo mientras lo veía y besaba, mientras nuestra conexión iba más allá de lo físico, llegué a creer que quizás solo yo me negaba a la idea de un bebé, pero que quizás la reacción de él sería muy diferente a la mía. Creí que, a pesar de la manera en que había llegado, Maximilian
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