Regina se quedó petrificada un segundo, como si su cerebro se negara a procesar mis palabras. Entonces, el silencio estalló. —¡¿Por qué me haces esto?! —gritó, y el dolor en su voz me hizo tensar la mandíbula—. ¡Te amo, Rodrigo! ¡He soportado tus desprecios, tus sospechas, todo... solo para estar a tu lado! ¡No puedes dejarme así ahora que no tengo nada! Se acercó a mí, intentando buscar un rastro de duda en mis ojos, pero solo encontró indiferencia. Sus gritos rebotaban en las paredes de la habitación, pero a mí me resultaban ajenos, como un ruido de fondo que solo lograba irritarme. —Basta, Regina —la corté, mi voz sonando peligrosamente baja—. No es amor, es una obsesión y está empezando a cansarme. Me acerqué un paso, lo suficiente para que viera que no estaba jugando. —Escúchame bien: o aceptas mi ayuda y te comportas con dignidad, o te mando de
Leer más