Me quedé en silencio, conteniendo la respiración, con los ojos fijos en su mano pálida que descansaba sobre la sábana. El mundo exterior dejó de existir, no había médicos, ni pasillos, ni amenazas, solo nosotros dos en ese centímetro de espacio. —Por favor... —susurré una última vez, casi sin aliento. Y entonces, sucedió. Fue un movimiento casi imperceptible, apenas un roce contra mi palma, pero para mí fue como un terremoto. El dedo índice de Alexandra se contrajo, una, dos veces, buscando un punto de apoyo en la realidad. Sentí un chispazo eléctrico recorriéndome la columna. —¿Alexandra? —mi voz vibró de una esperanza tan violenta que me dolió el pecho—. ¿Me oyes, amor? Otra vez, mueve la mano si puedes oírme. Sus párpados temblaron violentamente, como si estuviera luchando contra un peso invisible que intentaba mantenerla en la oscuridad. Sus dedos volvieron a moverse, esta vez con más fuerza, rodeando apenas la punta de los míos. Era un agarre débil, casi inexistente, pe
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