Mundo de ficçãoIniciar sessãoManejé hasta la mansión de los Montenegro con las manos apretando el volante con fuerza, yendo a toda velocidad . Al llegar toqué a la puerta y me recibió una de las empleadas de toda la vida, que me miró con una lástima que me revolvió el estómago. Me dejó pasar al gran salón. La casa olía a flores marchitas y a ese silencio pesado que solo dejan los entierros.
Alexandra bajó las escaleras minutos después. No llevaba el vestido del cementerio, pero seguía envuelta en r






