El frío de la habitación se colaba directo en los huesos de Ana, pero el miedo que le oprimía el pecho era mil veces peor. Las paredes del cuarto estaban cubiertas de una capa de suciedad y moho, las ventanas permanecían selladas con maderas y el único colchón que había en el suelo desprendía un olor rancio a humedad y encierro. Sentada en un rincón mugriento, Ana abrazaba sus rodillas con todas sus fuerzas, temblando sin parar.
—¡Sáquenme de aquí! ¡Por favor, déjenme salir! —pegaba gritos desg