Amelia apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas de las manos. Lo único que deseaba en ese preciso momento era abalanzarse sobre Ginevra y romperle el rostro a golpes para descargar toda la frustración acumulada. La odiaba con cada fibra de su cuerpo, la odiaba con una intensidad tan visceral que el simple hecho de escuchar el timbre de su voz le revolvía el estómago por completo, provocándole una fuerte náuseas. ¡No quería! No quería en lo más mínimo sentarse