—Me despiden de la tía y le dicen que la comida estaba delicioso —dijo Alessandro, ajustándose los puños de la camisa y saliendo de ahí con una sonrisa triunfal en el rostro, rebosante de una arrogancia que inundaba todo el espacio.
Valerio apretó los dientes con tanta fuerza que los músculos de su mandíbula se marcaron rígidamente bajo la piel, conteniendo a duras penas el impulso de abalanzarse sobre él. Dejó que él se largara por el pasillo sin interponerse en su camino, sabiendo que un alte