Mientras esperaba bajo la luz amarillenta del farol, los recuerdos de la pelea con mis padres aún seguían martilleando con furia en mi cabeza. ¿Por qué no podían actuar como padres normales? Era increíble el odio tan radical que tenían hacia mí. Estaba intentando ordenar mis pensamientos cuando dos sombras se acercaron a donde estaba, provocándome un susto de muerte. —¿Eres Nadia Vega? ¡Dios mío, pero si eres tú, querida! —la voz aguda y melosa de la señora Gold, una de las lenguas más largas de la iglesia, me hizo dar un brinco. No estaba sola, por supuesto que iba acompañada de la señora Flores, otra arpía profesional. Ambas me miraban con esos ojos juzgadores, disfrazados de una cordialidad cristiana. Hipócritas. —Buenas noches, señoras —las saludé, obligándome a sonreír.—¿Qué haces aquí a esta hora y sola, hija? —preguntó la señora Flores, con un tonito que significaba todo menos preocupación. Sus ojos me escudriñaban de arriba abajo, deteniéndose en mi vestido ne
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