El sudor ya se había enfriado en nuestras pieles, semicubiertos con las sábanas de terciopelo.
Kilian yacía a mi lado, su brazo sobre mi vientre, su respiración ya calmada.
La habitación seguía oliendo a sexo y una suave y baja música clásica sonaba a través de las bocinas.
—Esto es raro —murmuré, rompiendo el silencio.
Él giró la cabeza hacia mí, su ceja se arqueó con curiosidad.
—¿Qué?
—Nunca había hecho algo así.
—¿Tener sexo? Krasavitsa, busca una mejor excusa —se burló, y yo lo empujé.
—No