El mundo se redujo a un torbellino de manos, labios y palabras lascivas. Las dos mujeres, ahora con nombres que mi mente apenas retenía, creo que se llamaban Luna y Sol, se enfocaban en mí con la destreza de unas artistas consumadas. Yo me sentía un lienzo en blanco, completamente a su merced. —Mírame a mí, Nadia —me ordenó la voz de Kilian, logrando que, en medio de mi torbellino de emociones, lo escuchara solo a él—. No dejes de mirarme ni por un solo segundo. Abrí los ojos, nublados por el deseo, y me encontré con su mirada hipnotizante. Él estaba reclinado en su silla, siendo el dueño y señor del espectáculo, con una copa de champán en la mano y los ojos negros, llenos de lujuria pura, posados en mí. Mientras me sostenía su mirada, Luna, la mujer de cabello oscuro y cuerpo esbelto, desabrochó mi vestido y lo dejó caer por mis hombros, exponiendo mis senos al aire frío de aquella habitación privada. Sol, la rubia de cuerpo más delgado pero igual de hermosa, no perdió
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