El cementerio de Haven Falls estaba bañado por la luz naranjosa de la tarde, logrando que un lugar tan triste y sombrío se viera extrañamente acogedor.
Lo único que siempre me gustó de este pueblo fueron sus atardeceres.
No tardé en encontrar a Daniel, sentado frente a la tumba de Elena. Sus hombros estaban caídos, pero a pesar del dolor, su rostro ya no tenía esa chispa de desesperación que lo había consumido los días anteriores.
Finalmente pude respirar con tranquilidad.
Me aterraba que mi