CAPÍTULO 260 Epílogo —El vestido del hilo rojo Yo no iba a mandar a hacer mi vestido de novia. No quería. En OBENT sobraban telas, costureras y diseños capaces de hacer llorar a cualquier mujer frente a un espejo, pero ese vestido no podía nacer de otras manos que no fueran las mías. Ese vestido tenía que hacerlo yo. Con mis dedos. Con mi historia. Con todo lo que alguna vez me dolió y que ahora, por fin, podía bordar sin que volviera a sangrar. Estaba sentada en el atelier, frente a una mesa larga, con la espalda algo cansada y una taza de té tibio a un costado. Afuera ya era de noche. Las luces del lugar caían sobre la tela blanca extendida como si esa mesa no sostuviera un vestido, sino una promesa. Mi promesa. Nuestra promesa. Lorenzo dormía en su cochecito, tranquilo, con esa respiración suave de bebé que todavía me hacía bajar la mirada cada pocos minutos para comprobar que todo estaba bien. Cerca de él estaba el perrito guardián de Alessandra, apoyado como si también
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