CAPÍTULO 260 Epílogo —El vestido del hilo rojo
Yo no iba a mandar a hacer mi vestido de novia.
No quería.
En OBENT sobraban telas, costureras y diseños capaces de hacer llorar a cualquier mujer frente a un espejo, pero ese vestido no podía nacer de otras manos que no fueran las mías.
Ese vestido tenía que hacerlo yo.
Con mis dedos.
Con mi historia.
Con todo lo que alguna vez me dolió y que ahora, por fin, podía bordar sin que volviera a sangrar.
Estaba sentada en el atelier, frente a una