Yo estaba nerviosa, muy nerviosa. Sentía como si, en cualquier momento, una bomba estuviera a punto de explotar ahí mismo, en medio de aquel salón demasiado elegante para contener tanto caos.Quería irme. Levantarme de la mesa, inventar cualquier excusa y huir de todo aquello antes de que fuera demasiado tarde. Pero no podía. Mis piernas parecían pegadas al suelo, y yo sabía que cualquier movimiento en falso llamaría demasiado la atención.Renato estaba distraído, metido en la conversación, riendo, gesticulando. No percibía mi creciente incomodidad, ni la opresión en mi pecho, ni el hecho de que apenas podía respirar bien.La conversación en la mesa continuaba, pero para mí el tiempo parecía haberse ralentizado. Cada risa sonaba distante. Cada palabra, irrelevante.Yo ya no estaba allí. Solo estaba esperando el momento en que todo se vendría abajo. Mientras él hablaba con el hombre sentado con nosotros, otro se acercó a la mesa, interrumpiendo la conversación.—Renato, por fin —dijo e
Leer más