Sara Lemos.Ya hacía una semana que estaba trabajando en aquel chiquero y, aunque mi cuerpo dejaba claro que no había sido hecho para eso, a nadie parecía importarle. A nadie, excepto a Humberto, el capataz que siempre me llevaba hasta allí y permanecía conmigo durante el día.Al principio, le tenía miedo. Su forma callada, la mirada demasiado atenta… todo me incomodaba. Pero, con el paso de los días, me di cuenta de que había algo diferente en Humberto. No me observaba por desconfianza, sino por cuidado. Era un hombre de pocas palabras, pero parecía entender lo que yo sentía, incluso cuando no decía nada.Todos los días, a la hora del almuerzo, nos sentábamos bajo un manzano que había en la parte trasera de la propiedad. A veces hablábamos de cosas simples: el clima, el trabajo, el ganado. Otras veces, simplemente permanecíamos en silencio, compartiendo el mismo descanso, como si ese momento fuera el único respiro de humanidad que aún existía allí.—¿Por qué no buscas otro trabajo? —
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