—¡Esto ya es el colmo! —exclamó Constanza, como si escupiera fuego por la nariz. —¿Cuándo fue que llegó mi hijo?
—Hace un rato —respondió Lorena, conteniendo la sonrisa que amenazaba con aparecer. —No es asunto mío, señora, pero debo advertirle que no está de muy buen humor.
Con cada palabra que decía, Lorena percibía cómo la rabia de la patrona crecía, y aquello le provocaba un placer perverso. Sabía que Constanza era la única capaz de cambiar aquella situación.
—¿Así que quiere decir que desa