Renato conducía despacio por las calles de la ciudad, sin prisa por llegar a ningún lugar, mientras Sara iba en el asiento del copiloto, con el rostro levemente vuelto hacia la ventana, observando el paisaje pasar de una forma que no hacía desde hacía mucho tiempo.Había algo distinto en ese paseo, algo simple y, al mismo tiempo, demasiado nuevo como para ignorarlo. Era la primera vez, desde que realmente se habían arreglado, que salían solos para algo que no implicaba consulta médica, exámenes, farmacia, compras para el bebé o cualquier otra obligación.No había urgencia, ni agenda, ni un motivo práctico sirviendo de excusa para estar juntos. Era solo eso: ella y él, en el coche, avanzando sin rumbo fijo, como dos personas que finalmente estaban aprendiendo a quererse de nuevo sin el peso constante del dolor entre ellos. Y tal vez era justamente eso lo que la hacía sentirse tan ligera. No sentía el corazón apretarse al mirar a Renato. No sentía la necesidad de levantar un muro ni de
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