En cuanto vio a Constança entrar de esa manera, Odete sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. La mujer no solo había llegado sin avisar; había invadido el apartamento con su arrogancia de siempre, como si todo allí aún estuviera bajo su control.
—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó, asustada, apresurando el paso detrás de ella.
Constança ni siquiera se molestó en detenerse.
—No tengo que darte explicaciones.
Caminaba por la sala con el mentón en alto, lanzando miradas rápidas y críticas a su