—Dame a mi hijo —dijo, con la voz firme, aunque por dentro temblaba.
Constança apretó al bebé contra el pecho, como si quisiera mantener el control de la situación.
—No deberías estar aquí —respondió, fría, intentando recuperar la compostura.
Sara dio un paso al frente.
—Dámelo. Ahora.
—Baja ese tono —replicó Constança, alzando el mentón.—No estás en tu casa.
—¿Y crees que eso importa? —devolvió Sara, ya sin paciencia. —Invadiste mi casa, te llevaste a mi hijo y ¿aún crees que puedes dar órdene