Capítulo 93. Intruso.
El sol estaba en su cenit, pero no calentaba. La luz era blanca y fría, iluminando el patio de la Rocca como un escenario de operaciones.—¡Tira! —ordenó Renzo.Massimo apretó los dientes, plantó las botas en la tierra húmeda junto al muro norte y tiró del cable de acero con todo su peso.El rollo de alambre de espino, que Gaetano había comprado, se desenroscó como si se tratara de una serpiente plateada y maligna. Las cuchillas brillaban, afiladas como bisturís, diseñadas para rasgar ropa y carne sin distinción.Estaban fortificando el punto débil.La muralla norte, aunque alta, tenía una sección donde la hiedra vieja había carcomido la argamasa entre las piedras, creando una escalera natural perfecta para cualquiera que quisiera entrar sin invitación.Renzo estaba subido en una escalera de madera tambaleante, a tres metros del suelo, con un martillo en la mano y la boca llena de clavos de acero en forma de U.—¡Más tensión, Massi! —masculló Renzo con los clavos entre los labios—. Si
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