La luz del amanecer caía sobre su rostro, acentuando la estructura de su mandíbula, la fuerza contenida en sus hombros, la autoridad natural que emanaba de su postura incluso en ese momento vulnerable. —¿Tú?—su voz rompió el silencio, profunda, grave, pero cargada de un matiz que no lograba definir— ¿estás bien? La pregunta, simple en apariencia, hizo que Diana tragara saliva con fuerza. Su corazón latía tan rápido que temía que él pudiera escucharlo. Levantó la mirada y vio que Jeremy la estaba observando, y en ese instante toda su concentración, toda su lógica, se desmoronó. —S-sí —balbuceó ella, intentando recuperar compostura, aunque cada palabra parecía insuficiente—. Estoy bien… solo… no esperaba encontrarte así. —¿Así? —repitió él, acercándose un paso, apenas perceptible, pero suficiente para que Diana sintiera el calor que emanaba su cuerpo, suficiente para que su respiración se acelerara—. ¿A qué te refieres? —No… nada —respondió Diana, pero su voz temblaba, y eso no pas
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