El tiempo dentro de aquella habitación parecía haberse detenido. No había relojes visibles. No había voces. Solo el sonido constante, casi hipnótico, de las máquinas que mantenían un ritmo que ya no le pertenecía al hombre en la cama.Evans Fontaine seguía de pie junto a su padre sin moverse, sin apartar la mirada. Su mano aún descansaba sobre la de él, como si ese contacto pudiera sostener algo que ya estaba desvaneciéndose. Había dicho lo necesario. O tal vez no había dicho nada en absoluto. Y aun así, permanecía ahí. Porque irse ahora se sentía incorrecto, el aire era pesado. Cada respiración costaba un poco más. No por falta de oxígeno, sino por el peso de lo inevitable. Evans bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.La piel de su padre estaba fría, inmóvil, pero aún estaba ahí y eso… de alguna forma, le daba una ilusión de tiempo, una ilusión de que aún no era el final, cerró los ojos un instante.Recordó, no los momentos duros, no las exigencias, sino aquellos pocos… escasos
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