El silencio que quedó en el pasillo del hospital no era un silencio común.
Era denso, opresivo, casi tangible, como si el aire mismo se hubiera detenido al escuchar aquellas palabras que no debían existir, que no debían ser pronunciadas, que no debían tener sentido dentro de la realidad de Jeremy Ambrosetti.
Pero estaban ahí.
Firmes.
Irrefutables.
“Leopolda no es su madre.”
Jeremy permaneció de pie, completamente inmóvil, como si su cuerpo hubiera decidido desconectarse por un instante de todo