El cielo de Inglaterra estaba cubierto por una capa de nubes densas, grises, casi pesadas, como si incluso el clima comprendiera la magnitud de lo que estaba ocurriendo, el jet privado descendía con precisión impecable, cortando el aire con elegancia mientras la pista se hacía cada vez más visible, y dentro de la cabina, el ambiente permanecía en un silencio absoluto, uno que no necesitaba palabras porque todo ya estaba dicho.
Jeremy Ambrosetti no apartaba la mirada de la pantalla frente a él.