El avión descendió entre un cielo grisáceo, cubierto por nubes densas que parecían anticipar la tensión que aguardaba en tierra. Francia los recibía sin calidez, con ese aire frío y elegante que no pedía permiso para imponerse.
Evans Fontaine no miraba por la ventana.
Sus ojos estaban cerrados, su postura recta, sus manos entrelazadas sobre su regazo. Pero no descansaba. Estaba cambiando.
Cuando el avión tocó la pista, algo en él se reajustó por completo.
Ya no era el asistente impecable, efici