La noche avanza con un silencio denso, casi incómodo, sobre el despacho. Las luces de la ciudad se filtraban a través de los ventanales como un océano de destellos lejanos, pero dentro de la oficina todo parecía detenido en un instante que no quería avanzar.Evans Fontaine permanecía de pie, con una mano apoyada sobre el escritorio de vidrio, la mirada perdida en la oscuridad más allá del reflejo de su propio rostro. Su expresión, normalmente serena y calculadora, ahora estaba marcada por una tensión apenas contenida.El teléfono vibró.El sonido fue breve, pero en el silencio absoluto, pareció un trueno.Evans bajó la mirada. Durante un segundo no respondió. Sabía quién era. No necesitaba ver el nombre en la pantalla para reconocer el peso de esa llamada.Finalmente, deslizó el dedo y activó el altavoz.—Madre.Del otro lado, la respiración era agitada, cargada de una urgencia que no dejaba espacio para formalidades.—Evans… —la voz de Karla Fontaine temblaba, pero no por debilidad,
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