El carguero The Black Whale cortaba las aguas del Atlántico con una pesadez monótona, un gigante de acero oxidado que se abría paso entre olas negras y profundas.En el interior del camarote del capitán, un espacio angosto de paredes metálicas pintadas de un gris industrial descascarado, el aire era denso, casi sólido.Estaba impregnado de un olor a antiséptico barato, metal oxidado, salitre y el rastro persistente del humo de Montauk que parecía haberse quedado adherido a la piel de sus ocupantes.Aria Vanderbilt, o quienquiera que fuese ella ahora, terminaba de asegurar el vendaje limpio en el torso de Killian Sterling.Sus manos, habitualmente precisas por la disciplina de la cocina, aún conservaban un ligero temblor, una secuela física de la adrenalina que no terminaba de abandonar su cuerpo.Killian estaba sumido en un sueño profundo y febril, su rostro, habitualmente
Leer más