Pasaron los años, y lo que una vez fue un reino dividido por el miedo y la sombra de una bruja, se convirtió en una leyenda de prosperidad y justicia. El castillo de las sombras ya no hacía honor a su nombre; la luz de las antorchas y las risas infantiles llenaban los pasillos que antes guardaban silencios gélidos. El pequeño Valerius creció como un cachorro fuerte, siempre bajo la mirada vigilante de su padre, Kael, y la dulzura inagotable de su madre, Aylén.Una tarde de verano, el reino entero se reunió en el gran claro del bosque sagrado para celebrar el solsticio. Kael, sentado en su trono de piedra junto a Aylén —quien lucía más hermosa que nunca, con su cabello ondeando al viento—, observaba con orgullo cómo su hijo corría entre los hijos de los guerreros y los aldeanos. No había rangos esa tarde, solo manada.Cerca de ellos, bajo la sombra de un roble milenario, Rhevan y Elara observaban la escena. Rhevan, aunque el tiempo había trazado algunas líneas de sabiduría en su rostr
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